domingo, 14 de diciembre de 2008

El ángel de lata

LOS VUELOS RASANTES DEL ÁNGEL DELATOR
La anarquía de la muerte
Con los brazos cruzados, recostada en las rejas del lado de afuera de una celda, bamboleando la cabeza de un lado para el otro y mostrando esa sonrisa de conformidad con la que, bienintencionadamente, nos engañan los disconformes, Norita parecía querer decirme algo. Yo justo estaba por salir volando de la penitenciaría, un superpoder con el que contamos nosotros, los ángeles de lata, desde que nos enseñó a ponerlo en práctica el por fin eterno ex convicto Cañete cuando llegó aquí arriba. Me di vuelta en el aire y quedé suspendido en la atmósfera intragable de la que hacen gala todos los pasillos de todas las cárceles de todo el mundo por mas que alardeen de ser modelo. Ella despegó la espalda de las rejas y avanzó unos pocos pasos dejándome ver sus alas nuevas, se detuvo en una franja de luz tibia que entraba por un ventanuco, millones de partículas de polvo bailaron suspendidas como brillitos de vida sosteniendo sus pies descalzos en el aire y, recortando el miedo de las penumbras azules, me mostró la mas valerosa y humana de sus miradas. Entonces extendió los brazos y apenas movió las alas para llegar hasta donde yo estaba, a una altura considerable de la estúpida firmeza del suelo y rozando las manchas de humedad de los injustos cielorrasos.
-¿Cómo hiciste eso?- le pregunté, haciéndome el tonto, porque se perfectamente como hace la gente para morirse.
-No me quiero ir- me respondió ella sin contestar y al mismo tiempo contestando a mi pregunta y apoyando las palmas de sus manos sobre mis hombros. Instintivamente agité el dedo índice y fruncí el ceño. -Los que sabemos de cárceles nunca decimos frases como esa, Norita- le dije a modo de gracioso reproche y haciéndome otra vez el tonto porque también sé perfectamente que la vida no es la cárcel por mas que se le parezca bastante y porque, los que conocemos a Norita, sabemos que viniendo de ella, esa especie de reclamo vital nunca se hubiera tratado de un capricho y mucho menos de un deseo, sino fuera porque era el último.
Abrió grandes los ojos mostrándome todo el empeño de su propuesta y estiró con fuerza los labios marcándome con una sonrisa toda la dulzura de las insistencias positivamente obstinadas. -No me quiero ir- repitió casi convincente.
Entonces, refunfuñando, entreabrí el portafolios de mi alma, saque la denuncia que la Coordinadora de Trabajo Carcelario elevó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, unos cuantos papeles develando los graves hechos de tortura aplicadas a niños alojados en el IRAR, unos cuantos papeles acusando al Servicio Penitenciario Provincial, unos cuantos papeles ambiciosos de justicia, de amor al prójimo, de convicción humanitaria, y se los di. Ella se reclinó y sin ni siquiera perder el tiempo que tenía perdido, se los apoyó sobre las rodillas y ahí mismo, flotando en la ingratitud de las despedidas, con una birome azul trazo grueso argentina escribió entre líneas y de puño y letra, “prometo que me voy a ir recién cuando vea cumplido mi último deseo” y entusiasmada firmó, Norita.
Me aseguré de que ningún carcelero nos estuviera viendo y me volví a guardar los papeles en el pecho con la mayor serenidad posible para evitar la estruendosa aclamación al respeto que me merecía semejante acto de nobleza. -Los ángeles de lata somos así- le dije orgulloso y en vos baja, sin dejar de hacerme el tonto y esta vez, la verdad, para aguantar la traición salada de las emociones -sabemos que la empresa es difícil y que la muerte es anárquica-.
-No te preocupes- me dijo ella -puedo ser mas anarquista que la propia muerte- y haciendo un chasquido con los dedos volvió a poner en marcha su corazón, resucitó girando sobre sus talones y se fue a vendarle los tajos a un pibe que se había acariciado las venas con una yilé para intentar salir de aquel infierno. Me quedé pensando en la generosidad implícita de los últimos deseos que algunas personas dejan para que se les cumplan a los demás. La convicción de alguna gente, como Norita, no tiene límites, sean estos precisos o imprecisos, así que si la vislumbran apechugando por ahí, no me vengan después con que no les avisé. Felices fiestas.

Norita Giavedoni tenía 33 años y era miembro de la Coordinadora de Trabajo Carcelario (CTC), una ONG que trabaja en la defensa de las personas privadas de su libertad, visitan cárceles y comisarías de la provincia de Santa Fé y, entre otras actividades, se ofrecen como mediadores (que ya es decir) y median en los motines y otros conflictos. La muerte es una mierda, nada más.

2 comentarios:

Cristina dijo...

el angel de lata....
y los humanos de fierro,
unos para pegar, destruir y otros para aguantar y seguir diciendo, haciendo, por encima de la misma muerte.
brindo por los ultimos.

el Tomi dijo...

Bridemos compañera. No sabe usted cuánto le agradezco sus palabras. Brindemos por los últimos, que terminaran siendo los primeros, ya verá usted, ya verá.