jueves, 11 de enero de 2007

A mi amigo Manuel


La palabra tango tiene varias teorías sobre su origen y, aunque a mí la que más me seduce es la que dice que etimológicamente deriva del vocablo latino “tanguere“, que quiere decir “tocar“, no deja de simpatisarme otra de sus acepciones (un tanto menos poética, casi más cercana al humor) que expresa que “tango” es un africanismo cuyo significado es “lugar donde los negros se reunían a bailar“. Todo lo demás se lo tenemos que preguntar a la obra de Manuel Aranda (o a él mismo, dadas las circunstancias).
Digo que la palabra “tanguere”, o sea, tocar, me resulta más seductora, porque la siento íntimamente ligada al tango, tanto como música y más aún como baile. Digo que me simpatiza el africanismo “tango” porque la verdad es que, un lugar donde los negros (ya no tanto por los africanos sino por los negros del lunfardo argentino) se reúnen a bailar, me resulta de un atractivo tan irresistible como el de zambullirse en aquella felicidad que asume las penas para asesinarlas a golpes de verdades divertidas. Y digo que todo lo demás se lo tenemos que preguntar a la obra de Manuel porque es él quien ha tocado esos papeles con los trazos y los colores de su musicalidad argentina y se ha reunido en ellos con las palabras exactas de su sabiduría callejera, porque es él quien se busca constantemente (como corresponde a los artistas que se precien de tal) y lo que es más importante, se encuentra sin falta ahí, donde el tacto popular aprieta los sentimientos universales, donde se reúne el color de la piel nacional con la franqueza del espíritu humilde, donde una sola palabra te puede devolver toda la alegría y donde una sola pincelada puede conmover al mundo entero. El tango es agnóstico, escéptico y un tanto hereje. Manuel también, pero su nombre significa dios con nosotros, y aquí hay una muestra, créame.