lunes, 21 de enero de 2008

Cuento alimento

CUENTO ALIMENTO
La pelota
La pisó suavecito con la planta del pié y la hizo rodar hacía sí mismo. La levantó con el empeine manteniéndola en equilibrio. Sintió su levedad y la tanteó haciéndole dar piques cortitos sin que se le caiga del pié. Respiró con serenidad, contó, uno, dos, tres, cuatro, cinco. No le sacaba la vista de encima, seis, siete, ocho, nueve, diez. Cuando había pasado mas o menos un minuto perdió la cuenta, pero no se preocupó. Se separó un poco de la cama y miró hacia la puerta de su cuartito. Estaba abierta. Giró y haciendo jueguitos llegó hasta la heladera esquivando una silla que estaba en el camino y la mesa que dormía eternamente en el medio de la cocina, cubierta con su mantel a cuadros lleno de miguitas de pan. Se fue entusiasmando, le causaba una mezcla de intriga y serenidad calcular cuanto podría mantenerla sin dejar que se caiga. La hacía picar sin cesar acomodando el pié con esmero, casi con dulzura. Ahora con el empeine, ahora con el costado, ahora con la punta y hasta con el taco. El entusiasmo le llenó el alma de una sana ambición, mantenerla en equilibrio la mayor cantidad de tiempo posible, hacer todo lo que había que hacer sosteniéndola en el aire, dejándola dar esos giros caprichosos. De hecho consiguió abrir la heladera y sacar la jarra de leche, llenar un vaso, beberlo y hasta limpiarse la boca con la manga de la camiseta, para lo cual, sin dejarla caer, le daba un poco mas de impulso y se elevaba un poco mas alto, casi rozando las chapas de cinc del techo del ranchito, con lo que ganaba unos segundos preciosos en los que despegaba la vista y la dirigía hacia el vaso, sin desatender el equilibrio pero tampoco obsesionándose con él, con naturalidad, con serenidad, aunque, a esta altura, ya sentía que la adrenalina se le asomaba al paladar si los golpecitos impulsores no eran justo en el milímetro cuadrado que prefijaba en el botín y que de no ser así desviaban el recorrido en el aire una fracción de segundo impensada, una centésima imperfecta como un pecado original. Pero de inmediato aprendió a tolerar la imperfección aceptándola como parte del juego, improvisando gambetas tan intuitivas como las mentiras piadosas que recomponían el equilibrio y hacían flotar la magia en la atmósfera, y todo sin perder la gracia y sin dejarla caer.
Esto lo puso mas reflexivo y decidió pasar el control del pie izquierdo al pie derecho según la maniobra que se propusiera realizar. Así que para esquivar el bracero, darle un beso a la abuela, saltar por arriba del gato que dormía en la puerta de calle y salir a la vereda la fue pasando de un pie a otro, acariciándola con el remiendo entre la capellada y uno de los ojales del cordón que tenía el botín derecho y el hueco de la suela despegada que tenía el botín izquierdo.
Cuando ganó la calle se sintió con mas libertad de movimientos. Si advertía algunas baldosas descolocadas la sostenía entre una y otra rodilla sin dejar de dar pasos adelante. Del dulce esmero con el que controlaba la situación pasó a disfrutar de una cosquilla que le hacía elevar la comisura de los labios hasta dibujarle una sonrisa que le subrayaba la felicidad en la cara. Veía, como una película en su mente, el malabarismo que unos segundos después quedaba estampado en la realidad. Un impulso fuerte y la hacía trepar por el aire, bien alto, acompañándola con una mirada que parecía hacerla levitar y después atraerla hasta su frente, donde la dejaba descansar un santiamén, un instante interminable donde todo su cuerpo le ayudaba a buscar el equilibrio. Las manos con ademán de red de seguridad, la columna vertebral apilando vértebra por vértebra, las piernas como elegantes bailarines y ella en el aire, con sus giros caprichosamente perfectos, su levedad caprichosamente frágil y su belleza caprichosamente circular. Y la mirada, cada vez mas automática detrás de ella, mas atenta y acostumbrada, mas adivinadora, mas vigilante, mas prudente, mas feliz. Para cruzar la calle pavimentada, sin ir mas lejos, se detuvo en el cordón, la impulsó bien alto y miró hacia un lado, cuando descendió volvió a impulsarla calculando la misma altura y miró hacia el otro lado. Cruzó seguro, fugaz, alegre, llevándola de muslo en muslo, mimándola como una mamá con un bebé en la falda.
Así llegó al baldío donde le esperaban los pibes para jugar el picado, manteniéndola en equilibrio, protegiéndola con un amor inconfesable, casi egoísta. Entonces, la bajó con el pecho y se la guardó en el alma, ocultándola debajo de la camiseta del club de sus amores. Sintió que se le hinchaba el corazón, que había crecido, que era grande.
Después se entremezcló en el partido, pidió que le pasaran la pelota y la pisó suavecito con la planta del pié. La hizo rodar hacia sí mismo y la levantó con el empeine manteniéndola en equilibrio. Sintió su levedad caprichosamente frágil, sus giros caprichosamente perfectos y su belleza caprichosamente circular, casi como la vida, a la que recién se había guardado en el pecho después de haberla traído desde al lado de su cama hasta el baldío, todo el camino haciendo malabares tan hermosos como los latidos del corazón.

1 comentario:

Gitana dijo...

Que hermosa manera de relatar aguantar un balon... Aunque puedo imaginar infinidad de cosas aparte de el balon... Voy a tener que comprar un cafe y leerte a la hora de la comidad, con más calma.